Sigo posteando pedazos de lo que hoy llamo Relatos sobre La Empresa. Esta vez toca el capitulo que denomino “Departamento de Mantenimiento” y la historia se llama El hombre de la puerta. ¡Espero que lo disfruten!
Si acaso había consenso en La Empresa era únicamente para acordar que los de mantenimiento eran todos unos vagos, sucios y problemáticos. Absolutamente todos, pensaban lo mismo. Desde El Director, hasta el más reciente empleado (que obviamente, no halla ido a parar a Mantenimiento) sostenían esa premisa. ¿Tenían razones certeras para creer eso? Quizás si, analizándolo de la forma mas superficial que se nos cruce en la cabeza.
Era cierto entonces, los de mantenimiento eran bastante vagos. Solían venir dos o tres días después de que uno los llamaba, cuando la oficina ya estaba inundada de mierda que salia por todo recoveco posible. De hecho, así paso en una oficina. Tras un fin de semana anómalo (extrañamente se ve que muchos trabajaron el sábado y muchos mas, no pudieron contener a “sus amigos del interior”),el lunes a la madrugada, las antiguas cañerías dijeron basta. Se llamo a Mantenimiento y por suerte, llegaron al día siguiente. Toda una hazaña.
-¡Dios mio! ¿Olés esa peste, Carlos?- pregunto Ernesto
-Y todavía no llegamos. Linda manera de empezar un martes.
-¿Que tiene de raro que sea un martes?-
-Ehhh nose, pero no es linda manera de empezarlo- dijo riendo Ernesto.
Ernesto y Carlos se conocieron en el trabajo. Eran dos, de los 6 empleados del Departamento de Mantenimiento que tenia La Empresa. Carlos era un plomero cincuentón, oriundo de Campana. Con su mameluco azul, su espesa barba blanca (varias veces cuestionadas por El Directorio), su panza de hombre maduro y su cinturón todo en uno, era sin lugar a dudas, el típico plomero de ciudad. A diferencia de las malas impresiones, era un hombre honrado y muy jovial. En los entornos donde lo conocían, solía ser el centro de las reuniones, animando siempre a la concurrencia con sus chistes (un poco subido de tono) y sus anécdotas. ¡Y como no tener anécdotas, si trabajaba con Ernesto! Al contrario que él, Ernesto era un hombre joven, apenas había cumplido 28 años el mes pasado. Estaba trabajando en Mantenimiento hacia dos años, para poder costearse su carrera de Medicina. Se encontraba en el primer año y por ahora, todo iba viento en popa. De profesión medico, de supervivencia, ayudante de plomero en el Departamento de Mantenimiento de La Empresa. Era un hombre de estatura mediana, que llevaba bastante bien su edad: se perfilaba a los treinta años, pero su cuerpo aun seguía conservando la eterna juventud de su adolescencia, donde supo ser el casanovas de la secundaria. Y ahora, ensuciándose las manos con mierda de otros. Las vueltas de la vida.
Cuando llegaron a su destino (la Oficina de Asuntos Económicos), debieron sacar sus pañuelos y taparse la cara. El olor a mierda era muy intenso. Golpearon la puerta y alguien salio de ella, desaforadamente.
-Buenos días, somos de…-
-Si si, ya se de donde son, no hace falta que se presenten- dijo el hombre de la puerta, extremadamente enfurecido. Tenia el rostro enrojecido y los ojos envueltos en llamas- Pasen y miren el desastre. Así no podemos trabajar-
-Necesitaríamos que salgan todos, así podemos inspeccionar el problema mejor- dijo Carlos, muy educadamente.
El hombre llamo a sus cuatro compañeros y todos salieron rápidamente, hablando bajito, mascullando y susurrando. “No conozco a ninguno de esos parientes mios que putearon” le dijo Ernesto a Carlos al oído. Carlos obviamente no pudo ahogar su risa. Los demás clavaron su mirada en el. El hombre de la puerta se animo a decir algo.
-¿De que mierda se ríen? ¡Mierda, mierda, mierda! ¡Ese es el problema! ¡Y ustedes riéndose, cuando nosotros tenemos que caminar ENTRE NUESTRA MIERDA, CARAJO!
-Cálmese hombre- Carlos trataba de contenerse. Él era muy respetuoso con todos, hasta que lo insultaban.
El hombre de la puerta fue absorbido por sus demás compañeros, que intentaron calmarlo. Dijeron algo de que irían a la cafetería y volverían en un rato. Ernesto les dijo que no había problema, si terminaban antes, se quedarían esperándolos.
-Uf, menos mal que se fueron. El inodoro no esta para mas soretes- Ernesto fue aprendiendo el arte de los chistes espontáneos y originales con Carlos. Carlos notaba eso y cada vez se reía mas de las acotaciones de su compañero.
-¡Sos terrible, joputa!. Bien, veamos que tenemos acá.
La Oficina de Asuntos Económicos no era nada del otro mundo. Un rectángulo grande, divido en cuatro cubículos, donde los empleados tenían su computadora y objetos personales. Lo interesante, estaba detrás. Tenia una pequeña puerta, que daba a un pequeño cuarto de servicio. Allí había una hornalla que se usaba para calentar el agua de los mates y el café. También había una pileta, donde lavar platos y vajilla. Y toda esa cañería estaba conectada directamente al desagüe del inodoro, que se encontraba enfrente de la oficina. Carlos, que era un perro viejo se imaginaba el problema. La mierda salia por el baño y desde este cuarto, pero el problema certero estaba aquí y no en el inodoro.
-Mira pibe, vení y aprende. ¿Que pensas de este desastre?-dijo señalando la oficina. El piso estaba cubierto diez centímetros de un liquido marrón, de dudosa procedencia. Apestaba a mierda desde cualquier ángulo de la oficina. Se le metía a uno no solo por la nariz, sino también por los ojos,orejas y la boca. Uno podía ver la mierda, podías ver al tipo cagando placenteramente, ver el excremento nadar entre las cloacas tapadas y salir de nuevo por donde entro. Podías oír la mierda, los ruidos al salir de las personas, el sonido al chapotear en el agua y caer nuevamente al piso. Y peor de todo, podías saborear la mierda, sentir lo que muy pocas personas (ni siquiera, este humilde narrador) han sentido: el sabor asqueroso y repugnante de un buen sorete de un empleado de La Empresa. Y todo esto sentía Ernesto, así que, para responder esa pregunta, solo tuvo una respuesta: un vomito que salio a propulsión de su boca. Carlos se corrió a un lado y riendo a carcajadas dijo:
-¡Lo sospeche desde un principio!-
-¡Hijo de puta!- su rostro era muy gracioso. Su boca sonreía a su amigo, mientras hilos de vomito caían al suelo.
-Como sea, niño bonito. Ahora decime, ¿que pensas de este desastre?
-Tiraron papel al inodoro, haciendo que se arme un masacote gigante, que tapo toda la cañería.
-Seria una buena explicación, si por lo menos hubieras revisado antes algo. No podes pensar nada, hasta que no hallas revisado algo. Ahora limpiate la cara y revisa el cuarto de limpieza y el baño-
Carlos encendió un cigarrillo y Ernesto comenzó a revisar el inodoro y el cuarto de limpieza. El primero no tenia nada raro, seguramente lo taparon de papel higiénico. Nunca hacen caso, nunca tiran el papel en el cesto. En todos lados, pasa lo mismo. El cuarto de limpieza tampoco mostraba anomalías, la pileta estaba un poco verde, seguramente ya estaba ahí cuando construyeron el edificio. Se acerco a hablar con Carlos.
-¿Y, que pensas de todo esto?-al decir esto, se tapo, emulando esquivar una ráfaga de vomito fulminante, mientras se destornillaba de carcajadas.
-Muy gracioso-dijo seriamente- Es el inodoro, lo taparon con papel higiénico.
- Cerca, pero errado, mi joven Padawan. El problema esta en la pileta del cuarto de limpieza.
- ¿Ah si?- su rostro mostraba una incredulidad inmensa
-No me pongas esa cara de “estas diciendo disparates”. Es simple. La pileta esta verde y no por moho ni antigüedad. Estos ineptos tiran la yerba del mate ahí y se arma un tapón gigante, que no se crearía ni porque tires todo el papel del conurbano en un solo inodoro. Hay que avisarles, pero creo que no les va a gustar la noticia.
- Y bueno viejo, fue su culpa-
-Sabes como son. ¿O no te acordas de lo que paso la semana pasada, el mes pasado, hace dos meses y tantas veces mas?-
-Si, pero bueno. Alguna vez tienen que entender-
El problema con la gente de Mantenimiento se debía a varios motivos. Primero, la desvalorización total de su trabajo hacia que estos muchachos se odiaran a ellos mismos, antes que a La Empresa. El tema salarial era otra gran desventaja y factor desmotivador. Ganaban menos que cualquier empleado de La Empresa. En los tres últimos peldaños de la escala jerárquica estaban, los porteros, El loco del Transito (un esquizofrénico que “vivía” en las inmediaciones de La Empresa y “dirigía” el transito, trasvestido, vestido de obrero, policía u otra cosa) y ellos. El sindicato local y provincial los ignoraba, al igual que todos los sectores de la sociedad. Esto generaba mas odio y desidia, haciendo que no tomasen muy enserio sus trabajos. A su vez, la falta de “empeño laboral” hacia que todos los odiasen, por vagos, negros y sucios. Claro, porque además de gente de mantenimiento, eran “gente de color”.
Hacia tiempo venia teniendo incidentes con diversas oficinas. Muchos empleados se pusieron agresivos con ellos. Llegaron a pensar que solamente los llamaban para agredirlos. Iban a una oficina, intentaban arreglar el problema y sus “compañeros” generaban mas caos. Que si llegaban tarde, si no llegaban temprano, que ensuciaban todo con esas manos engrasentadas y sus mamelucos sucios, que tenían feo olor, que debían afeitarse.
-¿Afeitarme?- pregunto atónito Carlos
-Si Carlos, usted debe afeitarse. Así no puede venir a trabajar. Estamos en una empresa respetable, que esta bien ubicada en el mundo. Pienselo Carlos-
A Carlos le molestaba muchísimo que le critiquen su aspecto. Mas con la edad que tenia. Paso épocas difíciles y siempre pudo ser libre. En realidad, no odiaba que critiquen su aspecto, sino su barba. Esa barba blanca, espesa. Emulando quizás a un Larralde perdido en la Patagonia, o un Marx luchando contra los gigantes. Quien sabe. Pero odiaba esas criticas sin sentido.
-Gracias por el consejo, pero lamentablemente, me va a tener que seguir viendo esta barba. Y cada vez tratare de que sea mas espesa- dijo sonriendo victoriosamente.
- Usted no entiende nada- esto ultimo sonó mas como un susurro, que como una respuesta. Pero Carlos si lo escucho. Y se enfado bastante.
-¿Perdón, dijo usted algo?-
-No, nada-
Pero no todos los incidentes se resolvían tan pacíficamente. Algunas personas eran mas agresivas que el señor anti-barba. Una vez, luego de una gran tormenta, muchas dependencias quedaron inundadas. Había muchísimo trabajo para arreglar techos, destapar cañerías y arreglar goteras. Algunos entendieron que esta vez, no daban a basto. Pero otros no quisieron (o no pudieron) hacerlo. Un hombre, particularmente fue el que se propaso demasiado. En esa época, Ernesto recién entraba y Carlos le estaba enseñando los gajes del oficio. Llegaron a la oficina en cuestión y el hombre (en una posición muy acomodada) se puso muy violento.
-¡Linda hora de llegar!. Los llame hace mas de tres horas-
-Disculpe, estamos muy atareados. No damos a basto- dijo con sinceridad Carlos.
- A mi no me importa, yo también tengo un montón de trabajo y ustedes, lo están retrasando
Carlos se cayo, sabia que no era conveniente que respondiera. Mando a Ernesto a revisar algo del techo. El muchacho recién empezaba y mucho no entendía. Se quedo mirando, sin entender nada. Carlos le dijo que se corriera, que él se fijaría. Puso la escalera, subió y comenzó a buscar la filtración en el techo. Ernesto estaba parado, mirándolo, tratando de entender algo.
- A ver nene si te pones a hacer algo. Necesito que esto este listo dentro de media hora- dijo, mientras Carlos volteo atónito y Ernesto asintió tímidamente. Para colmo, esto no estaría hasta mañana, la oficina se asemejaba a una pileta de natación de niños pequeños. Y había que arreglar la gotera, ya que las lluvias persistirían. Pero Carlos se quedo mirando al hombre, fijamente.
-¿Que miras?-dijo
- Un solo favor le pido. Mi compañero es nuevo y no entiende mucho, esta aprendiendo. Un poco de respeto. Además es mi trabajo, déjeme hacerlo tranquilo.
- No es mi culpa si contratan gente inepta. Mas les valga que terminen esto ya, sino van a ver…
Ahora si. Carlos se bajo de la escalera. Ernesto lo miro con temor. Conocía poco a ese hombre, pero sabia que algo malo iba a pasar.
- No me falte el respeto-dijo Carlos, bastante enfurecido
-No te lo falto a vos, sino al inepto de tu compañero-
Ernesto era una piedra, estaba en un universo paralelo donde solo podía observar y no contestar. Aunque, siendo sinceros, no tenia demasiadas ganas de hacerlo si estuviera en el mismo universo.
-Sos un maleducado e irrespetuoso. Agarra las cosas Ernesto, nos vamos.
- ¿Yo maleducado e irrespetuoso? ¿Por qué no te miras al espejo? ¡Cavernícola de mierda!
- Parafraseando a la gran Zulma Lobato, no te leo voy a permitir- y al concluir esa frase, el hombre apareció tirado en el piso, como por arte de magia.
Una semana de suspensión le valió ese altercado. Las vueltas de la vida, diría Carlos. Nada del otro mundo, la mayor parte de su vida la paso entre suspensiones laborales, comisarias y cárceles. Eran como un segundo hogar para él. Tampoco era el primer incidente sucedido desde que trabajaba en La Empresa. El odio sin razón hacia él y todos sus compañeros lo sacaba de quicio. Choques constantes, peleas verbales y físicas, citas constantes en la Dirección de Relaciones Publicas. Allí, directamente lo llamaban “ese negro de mierda“. Muchas veces uno puede decir una expresión así, pero allí era distinto. Claro, era ese negro de mierda. No aquel, ni el otro, ni este, era ese. En Informática lo llamaban “ese hijo de puta“. Era terrible cuando se juntaba gente de Relaciones Publicas con Informática. Una vez, el paso caminando con su maletín de herramientas, yendo a arreglar una cañería rota y escucho por lo bajo, ambos insultos. Dijeron, algo así como: “ahí va ese negro de mierda”, a lo cual, el de Informática respondió: “No, ahí va ese hijo de puta”. Esa vez, decidió callarse.
Muchas veces se pregunto realmente por las verdades razones por las cuales lo odiaban a él y a sus compañeros. Es cierto, eran unos negros de mierda. De seis compañeros, cinco (exceptuando Ernesto) eran morochos de piel. Cuatro de ellos se encontraban a media cerveza al día para llegar al alcoholismo y a un par de pasos de tribunales. Su problema con la bebida los hacia bastante violentos en las noches de la city campanera. En realidad, él y Ernesto eran las joyitas de la oficina, las cabezas pensantes. Ernesto era un pibe muy culto, imagenense, estaba trabajando de ayudante de plomero para poder costearse (y a duras cuestas) su carrera de Medico. Él era un simple plomero, pero un hombre sabio. Vivió duras épocas en la dictadura… una larga y dura estancia en la ESMA. Las noches de picana, las golpizas extremas y sobre todo, la tortura psicológica. Odiaba la perversa psicología que utilizaron:
-¡Como esta mi negrito hoy eh!- grito el guardacarceles, mientras le asestaba un macanazo en la espalda. Carlos aguanto el dolor, a esas alturas su espalda era “zona liberada de terminales nerviosas”.
-Te pregunte que como estas, ¡negro hijo de puta!- Esta vez, el macanazo fue en las rodillas. Ahora Carlos si profirió un grito terrible de dolor.
-¡Esa si es una respuesta linda!. Bien negrito putito, ¿me vas a decir donde están tus compañeritos peronchos? ¡Mira que hoy estoy inspirado ehh!
- Ya te dije que no se nada. No milito en ningún partido-
- Si claro, eso dicen todos. Y cuando pasean en aviones, desembuchan todo. Dale negro, hablame. Te repito, hoy estoy inspirado- la sonrisa del guardacarceles era tan macabra como bizarra.
Carlos realmente no sabia nada. Solamente era un hombre de convicciones peronistas, ferviente defensor del Justicialismo, aunque últimamente, estaba expresando un viraje hacia el Marxismo ortodoxo. En su casa de barrio, un cuadro de Evita y Perón colgaban en su hall principal. Y su biblioteca, repleta de libros de Marx, Hegel, Guevara, Mao y otros lideres y referentes del Comunismo. Daba la casualidad que los cuadros se veían desde la vereda, por medio de una ventana. Quizás así fue que “lo descubrieron”.
-Bueno, veo que no vas a hablar de nuevo. Y yo estoy inspirado. Y vos, todavía no entiendo como seguís con esa barba de mierda, zurdo hijo de mil puta. ¿Revolución socialista, peronista o comunista? ¡Date cuenta imbécil! El mundo cambio, ustedes son unos retrogrados, que van en contra del progreso. Nosotros somos la nueva ola, la “tendencia”. Y tenemos que llevarnos a toda la escoria como vos, para que nos dejen gobernar tranquilo. La muerte de unos miles de idiotas como vos, es solo un tramite que pronto terminara. Vendrá la calma y todo volverá a la normalidad.
-Sos un psicópata-
El guardiacarceles lo miro, burlonamente y comenzó a reír sin parar.
- ¡JA! ¿Psicópata, yo? ¿Y vos que sos? Un idiota que se cree todo lo que lee en sus cuentitos de ciencia ficción. ¡Y encima, son de hace mas de cincuenta años!. Perón, ese negro de mierda, otro zurdo encubierto, comunista de mierda. Que suerte que lo voltearon. Lastima que creó mas negros que después, lo reclamaban. Y hasta el día de hoy, lo siguen haciendo. Y Evita, uf… ¡Esa prostituta barata! Como me hubiera gustado tener el cadáver de esa puta acá, para mutilarlo personalmente. Pero en fin, ¿vas a hablar o no?
-Te dije que no se nada.
-Esta bien, entiendo. Ustedes son unos cagones de mierda, siempre lo fueron. Mucho libro y pocas armas. Nosotros somos la verdadera revolución, el certero progreso. Estados Unidos habla maravilla de nosotros. ¿Hablo bien de sus gobiernitos comunistas? ¡Obviamente que no!. Vamos a hacer esto. ¿Ves este bidoncito de nafta que tengo ahí atrás?-señalo un pequeño bidón de nafta, apenas perceptible- Bien, lo uso muy poco. Hoy lo voy a usar. Y te voy a mostrar como. Primero de todo, vamos a atarte bien.
El guardacarceles volvió a ajustar las sogas que contenían a Carlos. Este, no se podía mover, se encontraba atado a una mesa “quirúrgica”. El guardacarceles tomo el bidón y un trapo. Lo empapo de nafta y volvió a Carlos.
-Ahora viene lo bueno. Esa barbita tuya… Vamos a arreglarla- El guardacarceles comenzó a mojar la barba de Carlos con el trapo. Carlos ahora si entendió.
-¡No por favor! ¡Te dije que no se nada!- sus gritos eran desesperantes.
El guardacarceles tomo un encendedor. La barba comenzó a arder instantáneamente…
Esa era otra razón por la cual le molestaba que le critiquen su barba. Las quemaduras y cicatrices, jamas sanaron. Pero su barba siempre creció, tapando esa miseria que vivió, ese holocausto personal. Todavía tiene pesadillas, todavía tiene miedo. Las esquinas de su barrio dejaron de ser seguras para él hace mucho, mucho tiempo.
Pero todo eso quedo atrás y muy poco conocían esa faceta de su vida. Solo veían a Carlos, el Plomero. Carlos, ese plomero jodeputa, sucio, desquiciado y inhumanamente barbudo ser. Asqueroso, al igual que sus compañeros, desataba todos los odios de sus pares (Carlos los llamaba, “nuestros impares”). Pero en fin, la vida seguía y tenían que trabajar. Estaba ya bastante viejo como para conseguir otro empleo. Además, las pruebas psicotécnicas eran un karma para él. Los traumas de la ESMA nunca se curaron…
El hombre de la puerta y sus secuaces pasaron bastante tiempo en la cafetería, debatiendo que hacer con esos miserables. Si llegaban y no había una solución, desatarían un caos. Ya bastante tiempo perdieron ayer, tratando de arreglar el desorden. Y hoy, todo tenia que estar limpio.
-Bueno, -dijo Carlos- a laburar pibe. Destapa esa cañería y deja toda la yerba en un lugar visible, para mostrársela a estos infelices-
- Creo que te estas aprovechando de tu posición, maldito Mario Bros- dijo riendo
- Callate, aprendiz de Luigi- comento, graciosamente. A Carlos le fascinaba esos momentos de complicidad y humor, eran únicos, mágicos y totalmente sinceros.
Ernesto fue al cuarto de servicio. Miró la pileta y siguió la cañería, hasta fuera de la oficina, donde estaba el respiradero por donde se rebalso toda la mierda. Se puso sus guantes y abrió la rejilla. Metió sus dedos y comenzó a sentir una pared semi solida, cerro su puño y lo saco afuera. Al abrirlo, noto que Carlos tenia razón: en su mano tenia una masa de yerba y excrementos, mezclados. Se contuvo de vomitar y siguió sacando mas y mas yerba. La mierda ya no era tanta, tal como dijo Carlos.
Luego de media hora, tenia una pila de yerba que seguramente pesara mas de cinco kilogramos. “Costo, pero se pudo. Si mis profesores de la UBA me vieran haciendo esto…”, pensó Ernesto. Pero lo hizo bien, el agua ya fluía normalmente, solamente había que llamar a la gente de Limpieza, para que acomodara el desorden.
-Bien pibe eh, vas aprendiendo- le dijo a Ernesto, mientras le daba una palmada en la espalda.
- Viste, el que sabe sabe y el que no, es jefe- al pronunciar eso, miro a Carlos riendo. Este ultimo le devolvió el comentario con otra de sus carcajadas.
El hombre de la puerta y sus secuaces se dirigían ya hacia su oficina. Luego de dos horas, acordaron que ya era tiempo de volver a la oficina. Y obviamente, esperaban tener todo solucionado.
Al llegar a la oficina, ven a los dos tipos de mantenimiento, parados charlando como si nada. Y uno de ellos, encendía un cigarrillo. El hombre de la puerta se puso lunático al observar esta situación.
-Perdonen que los moleste señores,-el sarcasmo era demasiado obvio- ¿solucionaron el problema?-
-Si, ya esta todo arreglado- dijo Ernesto, con confianza y firmeza.
- ¿Y porque seguimos oliendo a mierda de zombie?-
- Estamos esperando que la gente de limpieza se encargue de eso. Nosotros ya hicimos nuestro trabajo.
- Tengo entendido que ustedes son de Mantenimiento. Si las cloacas rebalsaron fue por falta de mantenimiento, así que deberían hacerse cargo de la limpieza del desastre que generaron-
Carlos empezó a ponerse nervioso. Ernesto lo noto y decidió seguir con la conversación.
-En realidad, la cañería se encontraba en perfecto estado. No es necesario realizar mantenimiento de una cañería, ya que es muy complicado. Imagínese, tendríamos que romper todo el piso para cerciorarnos de que todo este bien. Los caños duran mas de cincuenta años y no hay razón para cambiarlos. De hecho, el problema se origino porque taparon la pileta del cuarto de servicio con Yerba- dijo señalándolo la enorme y repugnante masa de yerba que tanto trabajo le costo sacar.
El hombre de la puerta quedo atónito ante semejante montaña de inmundicia. Se sentía humillado y golpeado. Y cuando uno se siente asi, no reacciona de la mejor manera.
-¿Estas insinuando que nosotros mismos fuimos los causantes del problema, debido a nuestra ignorancia?-
-Yo no dije eso-comento desconcertado Ernesto.
- A mi me parece que si dijiste eso. ¡Esto es una locura, un agravio hacia todos nosotros!-grito, volteandose para buscar la aprobación de sus compañeros. Y vaya que la consiguió- Además, esto sigue siendo un desastre, los cerdos están en lugares mas limpios que nosotros.
Carlos se reincorporo, mas calmado y serio.
- Quizás si no hubieran tirado yerba donde no se debía. Siempre se lo dijimos y se ve que no nos escucharon.
El hombre de la puerta no estaba muy contento con esa declaración. Su piel, bastante blanca para la época del año, comenzó a ponerse roja, al mismo tiempo que las orbitas de sus ojos se hinchaban.
-¿Y vos quien carajo sos para decirme donde tengo que tirar la puta yerba? Sos un simple peón, una fichita de mierda en La Empresa. ¿Sabes con que oficina estas tratando? ¡ASUNTOS ECONÓMICOS, PEDAZO DE IDIOTA!. De aca sale la plata hacia todas partes, incluido tu misero suelo, queridito Carlos Perez. ¿Te pensas que no te conozco? ¡JA! ¡Como si pasaras desapercibido con esa barba de mierda, croto inmundo! ¿Te pensas que no conozco de donde sos? Conocemos todo de vos. Vos no me vas a venir a mandonear a mi, justamente a mi-
-Perdón, pero yo no estoy mandoneado a nadie. Solamente le dije la verdad- Carlos trataba de contenerse lo mas que podía. El hombre que tenia enfrente era poderoso, lo sabia. Pero también, le era familiar. Ahora que oyó esa sarta de insultos, había algo… algo en su tono
- ¡Idiota!-grito el hombre, muy sacado de quicio- No necesito que te contengas. Conozco a los de tu tipo y vos no dejas de ser un negro de mantenimiento. Tenes ganas de pegarme, de matarme. Te entiendo, tu vida es miserable, tu trabajo da asco, toda tu historia es un fracaso. Y es barbita tuya. ¿Quien te pensas que sos? La revolución ya paso hermano, madurá!-
De la ESMA lo largaron luego de dos años de torturas inimaginables. Nunca hablo con nadie de lo sucedido, ni con su familia que paso una terrible época en vela, buscando a su querido hijo. “Me tuvieron… por ahí” le contaba a sus familiares. Insistían e insistían, pero lo único que lograban era hacer que Carlos se enojara.
Cuando termino el golpe y comenzó el Juicio a las Juntas, no tuvo el coraje para ir a declarar. Tenia muchísimo miedo. Se miraba al espejo, se corría un poco su espesa barba y recordaba los dos largos años de golpizas, picanas, insultos y tantas atrocidades mas que su agobiado subconsciente, trataba de tapar. No podía. Se imaginaba el mismo en el banquillo, dando testimonio y a metros de el, las personas que asesinaron su espíritu y lo dejaron muerto en vida. Y la verdad que esa imagen no lo conformaba, por que, tenia miedo. Ellos estarían sentados, sin mover los párpados, férreos en su postura. El no podría hablar, miraría al piso o con suerte al techo. Cruzar la mirada con sus captores era una tortura mental, un acoso mas que no quería sufrir. Y no lo hizo.
Algo hizo click en su mente. Con el mismo sonido que produce una llave de luz al ser encendida. De la misma forma que suceden esas descargas nerviosas que se dan mientras uno duerme. ¡Zaz! Un latigazo de recuerdos, de asociaciones libres e ideas, muchas ideas. Un rostro en la oscuridad, un hombre parado, vestido de civil pero armado hasta los dientes. Parado, parado frente a una puerta, la puerta de la libertad, que cruzo en el 79´. Un hombre y una puerta, la puerta de una oficina que rebalsaba mierda. Dos puertas distintas y un mismo hombre. Otra puerta se abria para dar mas luz a aquel mugroso sótano de la ESMA. Era la puerta de su subconsciente, abierta de golpe y dejando pasar luz, muchísima luz. Era el mismo hombre, pero en otra puerta. El de sus pesadillas, que lo esperaba con un bidón de nafta. El real, que le incendio la cara, le dio miles de golpes e hizo que su cuerpo bailara sin moverse con tantos shocks eléctricos. El hombre de la oficina de Asuntos Económicos, que se quejaba de su “incompetencia”. ¡Y pensar que este humilde narrador lo llamo, desde un principio (juro que inconscientemente), El hombre de la puerta!.
El hombre de la puerta estaba esperando una respuesta de Carlos, pero este, estaba totalmente petrificado. Muchos psicólogos dicen que los torturadores y represores suelen olvidar la cara de sus víctimas. Y el hombre de la puerta era uno de esos casos. Terminada la dictadura, huyo del país. Se cambio de nombre y de identidad, para volver luego a la Argentina. Entro a La Empresa, debido a varios viejos contactos que seguían… intactos. Estaba trabajando en Argentina desde hacia mas de diez años.
-¿Que te pasa inútil?¿Te comió la lengua un ratón?-
Carlos respiro hondo. Tomo aire. Miro su cinturón todo en uno. Tomo mas aire y saco valor.
-Ernesto, volve a la oficina. Voy a mostrarle a este hombre lo que voy a hacer para arreglar esto y voy para alla enseguida.
-¿Estas seguro?¿No queres que me quede?-pregunto atónito
-No pibe, volve y fíjate si queda algo para hacer. Mandale saludo a los muchachos.
-Como digas Carlos-
-Señores, ¿quieren acompañarme? Para que esto no vuelva a suceder, necesito cambiar unos caños de lugar y necesito que sepan por donde van a pasar, asi acomodan sus cosas.
- Al fin alguna respuesta como la gente. Vamos adentro y terminemos con esto de una vez-
Los seis entraron a la oficina, esparciendo en ella. Inmediatamente Carlos tomo su maza de su cinturón y le asesto un enorme golpe al picaporte. Lo arranco de cuajo, dejándolo inservible e imposibilitando la salida de ambos. El hombre de la puerta se puso loco. Sus compañeros se quedaron totalmente anodadados.
-¡¿Que haces idiota?!¿Y ahora como mierda vamos a salir?¡Hijo de puta!¿Que me vas a hacer?-
Carlos era un hombre corpulento y El hombre de la puerta, una larva a su lado. Lo tomo del cogote y le dijo:
-¿Te acordas de mi?-
-¡Soltame, loquito!-
-Pensa un poquito. ¿Donde estabas en el 76´?
El hombre de la puerta se puso blanco. Ya no había necesidad de agarrarlo del cogote. Lo soltó. Seguía perdiendo color en su piel, pasaba del blanco al transparente. Todas las venas de su rostro comenzaron a verse. Se desmayo. Carlos lo dejo tirado en el lugar, ensuciándose con la mierda que quedaba en el suelo. Se iba a dedicar a sus compañeros
-¿Y ustedes, que mierda miran?- dijo dirigendose a el resto- Saben muy bien de que estoy hablando-
-¡No sabemos nada! ¡Por favor, dejenos ir!-dijo uno
-Si, claro. No saben nada. Lo mismo decían los guardacarceles. Acataban ordenes. Pero yo no me creo ese cuentito. Y ustedes, son unas ratas miserables. Son cuatro y ni siquiera se animaron a tocarme. Y les conviene, larvas de oficina. Vamos a hacer algo mas divertido. Yo se que ustedes saben algo y ustedes saben que no estoy en mis cabales. Tengo un cinto y una valija repleta de herramientas. Me puedo divertir mucho si no comienzan a hablar.
Uno de ellos se puso enfrente. Tenia el rostro congelado y una mirada totalmente carente de humanidad.
-Yo era compañero de él. Imagino que vos seras otro de los tantos zurditos maricones, que lloraban pidiendo clemencia, ¿no?- lanzo al aire una enorme risa que parecia no parar. Hasta que Carlos lo tomo del cuello, lo tiro al suelo y le dio un martillazo en la cabeza, esparciendo sangre, pedazos del craneo y masa encefalica por toda la oficina. No basto con eso, siguio martillando y martillando su irreconocible rostro, hasta formar una suerte de papilla que se mezclaba con la porqueria del suelo, generando nuevos colores y aromas.
Uno por uno asesino a los compañeros de El hombre de la puerta. Martillazos, patadas (con sus borcegos de seguridad), palancazos y otros golpes con elementos contundentes fueron propinados con una saña terrible. No solo tenia que limpiar la mierda de las canaleteas, cañerías y techos, sino también la de su subconsciente, asediado por tanta tortura psicológica. Los golpes, por lo general iban al cráneo para desmayarlos. Después, seguía una sesión de cinco a diez minutos sin parar de mas martillazos en el cráneo. El suelo, que estaba teñido de un liquido cloacal, ahora se encontraba lleno de sangre fresca. Esa sangre que limpiaba el alma, la mente y el subconsciente. Años de represión mental, de odio acumulado. Años de muerte mental. Ahora se sentía mas vivo que nunca. Con cada parte del cuerpo que arrancaba, sentía como la vida volvía a sus poros. Cada dedo que mutilaba, cada ojo que arrancaba, cada brazo que cercenaba, cada lengua que cortaba, era un rayo de vida en su perdida alma.
El Hombre de la Puerta soñó con el comunismo. Con Hegel, Marx y otros demonios subversivos. Marx, ese engendro. Por culpa de él, estábamos así. Subversivos y revolucionarios por todas partes. En los libros para niños, en la medicina, en las matemáticas, en la lengua, ¡hasta en los dibujos animados!. Todos subversivos e infiltrados. Por suerte, eliminaron a muchos de ellos. Pero soñaba ahora con Marx y su barba, esa maldita, espesa y sucia barba. La odiaba. Esa barba, maldita barba. Esa maldita barbita tuya (nafta, nafta,nafta, fuego, bidones y ESMA)…
Se reincorporo lentamente. Abrió lentamente sus ojos. Seguía soñando, veía cuerpos mutilados por todos lados. Sangre en el suelo, dedos y ojos flotando, brazos cercenados y cerebros desparramados por todo el lugar. “El infierno según Dante”, pensó. Si, seguramente así seria el infierno de aquel poeta. A lo lejos (todo parecía lejano, en los sueños todo es tan lejano) una figura de un obrero de la construcción. Gigante, como de tres metros y medio, con una enorme maza en una mano. Y en la otra, una sierra para cortar caños. Se acercaba lentamente. El piso temblaba, la sangre se movía, haciendo que los ojos y dedos se desplacen hacia otras zonas del cuarto. “Quiero despertarme, quiero despertarme de una maldita vez. Esto es muy real”. El Gigante seguía acercándose. Su rostro seguía siendo oscuro y borroso. Solo podía ver una espesa barba blanca. El resto, era algo borroso y lejano.
“Despertaste”-dijo el gigante
-No, todavía estoy en esta maldita pesadilla. ¿Donde estoy?- pregunto el hombre de la puerta
-Eso no importa ahora- su rostro le era familiar. De repente, la barba desapareció. Y pudo ver lo peor de ese Gigante. Tenia todo el rostro quemado y desfigurado, como si una gran jarra de aceite hirviendo le hubiera caído. “Debe ser una especie de soldado medieval, al que le tiraron aceite hirviendo. Eso me pasa por leer tantas cosas de caballería”
- Ya es tu tiempo. Ha llegado tu hora, Hombre de la Puerta- dijo el Gigante, mientras lo señalaba con su sierra.
- ¡Al fin, así podre despertarme y terminar con esta maldita pesadilla-
-Así es, la pesadilla acabara de una vez por todas-
La maza cayo primero, en su rodilla, rompiéndole de lleno todo los huesos, cartílagos y tendones. El dolor fue demasiado insano, demasiado real. Y el grito que escupió, sonó por toda La Empresa. Luego, repitiendo la misma metodología, destrozo su otra rodilla, generando la misma reacción. Una masa de 15 kilogramos, cayendo a toda maquina a los delicados huesos de El Hombre de la Puerta.
-¡Ya estoy por despertar, estoy seguro!- grito, riendo de dolor, llorando de dolor, muriendo de dolor.
- Así es, Hombre de la Puerta. Ya despertaras, no desesperéis.
La sierra corto cada uno de sus dedos del pie, para seguir con las manos y sus dedos. La sangre salia por todos lados. El hombre de la puerta reía, cantaba y sollozaba.
- ¡Siento que despierto, lo estoy sintiendo!- no solo salían palabras de sus labios, sino grandes cantidades de sangre.
-Y así ha de ser, vas a despertar ahora mismo- grito el gigante.
La maza cayo de lleno en su cabeza, partiéndola en cientos de pedazos. Luego de unos minutos, Carlos derribo la puerta y salio corriendo.
Obviamente estos hechos finales no sucedieron de esta manera. Cucaracha estuvo nuevamente presente y pudo observar la realidad de los diálogos. El Hombre de la puerta creyó fervientemente que estaba soñando, debido a la carnicería con la que se encontró. Carlos se puso aun mas violento, pero El hombre de la puerta seguía pensando lo mismo. Carlos tomo su enorme maza de su valija (no le bastaba con su martillo de mano) y comenzó el Juicio Final. Luego del golpe en la cabeza, siguieron tres o cuatro mazazos mas en la misma zona. Derribo la puerta con la maza, la dejo a un lado y se fue a lavar las manos. Salio corriendo, despavorido, mientras los dedos, ojos y demás tripas se escapaban de la oficina, ahora abierta. Cucaracha, sabia como ninguna, lamentaba los hechos. Nadie sabría quienes serian esos represores que murieron, solo Carlos en su destruida mente. Si lo atrapaban, quizás contara algo. Sino, todo quedaría en la nada y la dictadura, seguiría ganando.
Carlos llego a su casa. Se acostó en la cama, temeroso a aquellos viejos fantasmas que lo perseguían día tras días, noche tras noche, pesadilla tras pesadilla. Seguían ahí, seguían esperándolo en alguna esquina, en algún descampado, en algún maldito lugar. No logro nada, solo revivir sus peores temores. Se acostó a intentar dormir y solo logro dar vueltas y vueltas en su cama.
Al dia siguiente, Carlos estaba muerto en su departamento. Bailaba colgado del techo, con una soga sobre su cuello.
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PD: Es probable que hayan errores (u horrores) de ortografía. Sepan disculparme, esto sigue siendo un borrador. E igualmente, me gustaría que me corrijan!.


Ya te dije lo que opiné de esto por GTalk! Me alegra mucho que lo hayas publicado che!
Me gusta mucho como viene adelantando toda la serie de relatos sobre la empresa que vengo leyendo y espero que sigan mejorando!
Un abrazo! Edu
Sorprendente, fabuloso; me parece un relato que cumple todas las expectativas que se buscan en un cuento, me enganchó por 20 minutos.
Tu historia tan detallada, me hizo sentir el dolor de Carlos y la pasión con la que hacia sus cosas. Lastima que no aguanto la presión, de los fantasmas de su pasado, aunque después de haber vivido tales torturas (Incluso después del CCD), yo también acabaría con mi vida después de tal suceso en la oficina.
Me parece muy interesante la notación racista e inferior que tienen los demás departamentos hacia los de mantenimiento, como si no se hubiera acabado esa época barbárica que sufrió la Argentina en épocas pasadas, sino mas bien, como si estuviera disfrazada en el presente.
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Esta historia me pone un poco melancólico, pero me parece genial tu redacción, creo que voy a leer los otros “Relatos sobre la empresa”